EL TERREMOTO DEL SALVADOR AFECTA A LA POBLACION
MAS POBRE Y EXCLUIDA |
Reflexiones
a propósito del terremoto. -
Jon
Sobrino, sacerdote jesuita. San Salvador 16 de
enero.
El 13 de enero un terremoto sacudió El Salvador.
Al día siguiente recibí varias llamadas, de España
sobre todo, preguntando cómo estaba la situación
y qué podían hacer. No podía dar muchas respuestas
concretas, pero se me ocurrieron algunas reflexiones
"a propósito del terremoto", por así decirlo.
Esto es lo que pongo ahora por escrito de manera
un poco más organizada y pausadamente.
El lector notará también diversas emociones, obvias
muchas de ellas. Quizás note también otras un
poco más personales: la indignación de que siempre
es "lo mismo" y sufren "los mismos", la esperanza
de que algún día no sea así, y una especie de
veneración ante la vida de los pobres, antes,
durante y después de las catástrofes.
En
El Salvador ha vuelto a ocurrir una gran tragedia.
Un fortísimo terremoto ha ocasionado muertos que
por ahora se cuentan por cientos, pero que bien
podrán llegar a contarse por miles. Muchos más
son los heridos y muchísimos más los damnificados.
Las casas destruidas han dejado a decenas de miles
sin hogar, viviendo a la intemperie, aguantando
el frío de la noche, con muchísimos niños pequeños.
El terremoto deja también la angustia de un futuro
incierto sobre cómo y dónde van a vivir las próximas
semanas, meses y años, y a ello se une el miedo
-a veces todavía pánico- a que la tierra vuelva
a temblar. Muchas zonas han sido evacuadas y han
quedado desoladas, en otras se hacinan los damnificados.
Las escenas son aterradoras: dolor y llanto sin
consuelo por los muertos, familias enteras que
han desaparecido: "la vecina perdió cinco hijos",
"la casa soterró a toda la familia". Y a medida
que pasan los días y van llegando noticias del
interior crece la convicción de que la catástrofe
ha sido realmente grande, mayor de lo que se pensaba.
Baste lo dicho para poner en palabra una gran
tragedia y un gran sufrimiento. En los próximos
días se conocerán mejor las cifras: muertos, heridos,
desaparecidos, destrucción, pérdidas globales.
Ahora, a tres días del terremoto, ofrecemos unas
breves reflexiones sobre lo que realmente ha ocurrido,
lo que nos interpela y -aunque suene paradójico-
lo que nos ofrece.
1. La tragedia de los pobres. Vivir en este país
es siempre una carga muy dura de llevar. Oficialmente,
la mitad de la población vive en pobreza, grave
o extrema. De la otra mitad, otra buena mayoría
vive con serios agobios y dificultades, todo lo
cual se agrava con las catástrofes: en 1986 otro
terremoto asoló al país, hace dos años fue el
Mitch. Y no hay que olvidar quince años de represión,
guerra, éxodo masivo, destrucción.
Vivir
es, pues, una pesada carga, pero no lo es para
todos por igual. Como siempre, lo es muchísimo
más para las mayorías pobres. El terremoto ha
destruido casas, pero muy mayoritariamente las
de bajareque y adobe, donde viven los pobres porque
no pueden construirlas de cemento y hierro. Los
deslaves y derrumbes han soterrado personas y
viviendas -esta vez también casitas de clase media
baja-, pero siempre soterran a los pobres porque
sólo en esas inhóspitas laderas, no en tierra
llana y fértil, han encontrado lugar para sembrar.
Lo mismo ocurrió durante el conflicto bélico.
La inmensa mayoría de quienes sufrieron la represión
y de quienes murieron en guerra, de uno y otro
bando, fueron pobres. Y así sucesivamente.
El terremoto no es, pues, sólo una tragedia, sino
que es también una radiografía del país. Muy mayoritariamente
mueren los pobres, quedan soterrados los pobres,
tienen que salir corriendo con las cuatro cosas
que les quedan los pobres, duermen a la intemperie
los pobres, se angustian por el futuro los pobres,
encuentran inmensos escollos para rehacer sus
vidas los pobres. También otros sufren con el
terremoto, indudablemente, pero, por lo general,
pasado el susto, reconstruyen lo que se les ha
dañado, vuelven a la normalidad y pueden seguir
viviendo, algunos de ellos rodeados del lujo de
siempre.
Los terremotos, como los cementerios, revelan
la inicua desigualdad de una sociedad y, así,
muestran su más honda verdad. Algunas tumbas son
suntuosas, grandes panteones y lujosos mármoles,
bien ubicadas. Otras, casi sin nombre y sin cruces,
se amontonan en lugares y quedan anónimas. Son
la mayoría.
Los terremotos recuerdan a los cementerios y escenifican,
trágicamente, la parábola de Jesús: "Había un
señor muy rico que banqueteaba todos los días.
Y a los pies de su mesa había un pobre, Lázaro,
que esperaba que cayeran migajas de la mesa...".
2.
La injusticia que configura el planeta. La tragedia
tiene causas naturales, pero su desigual impacto
no se debe a la naturaleza, sino a lo que los
seres humanos hacemos unos con otros, unos a otros.
Es la injusticia que configura el planeta de forma
masiva, cruel y duradera. La tragedia es en buena
parte obra de nuestras manos.
Es ilusorio que se apele a las normas de seguridad
que se exigen en la construcción de viviendas,
cuando los pobres no tienen recursos para cumplirlas.
Y yendo a la raíz, es insultante que no se haya
logrado -ni de lejos- vivienda digna para las
mayorías, cuando proliferan edificios llamativos
y mejoran las autopistas, los hoteles, los aeropuertos.
También en El Salvador.
Según los expertos, en este celebrado milenio
que comienza, el de la globalización, dos mil
millones de seres humanos no tienen vivienda en
que vivir con un mínimo de dignidad y de seguridad.
Y cuando Gustavo Gutiérrez quiere sacudir la complacencia
de este mundo nuestro, hace esta sencilla pregunta:
"¿dónde dormirán los pobres en el siglo
XXI?". "El capitalismo nació sin corazón", dice
Adolfo Pérez Esquivel. Lleva más de un siglo generando
champas infames y casitas que se caen, y con ello
se mofa de los pobres, quienes, cada veinte años,
pierden sus casas.
Pero se mofa también de los expertos. Un ejemplo.
A tiempo, ecólogos y técnicos, salvadoreños y
extranjeros, denunciaron el peligro que acarrearía
la deforestación de la Cordillera del Bálsamo.
Haciendo oídos sordos, se construyeron centenares
de casas, y ocurrió lo que tenía que ocurrir:
Con el terremoto vino el deslave, alrededor de
270 casas quedaron soterradas bajo cuatro metros
de tierra y alrededor de mil personas han muerto
soterradas.
Evidentemente, la tragedia que ha causado el terremoto
no se debe sólo a la deforestación, pero ésta
ha colaborado. Al día siguiente, el presidente
Flores se hizo presente al lugar de la tragedia,
en esas visitas de gobernantes que a veces pueden
ser sentidas y a veces sólo para salir del paso.
La gente se le acercó, lo rodeó, lo abucheó e
insultó -cosa que no suele suceder normalmente-
hasta el punto de que un funcionario tuvo que
interponerse entre la cámara de televisión y la
gente para que no quedase filmada la escena. De
la respuesta de la gente puede colegirse su indignación
y dolor.
Una última reflexión en esta línea. Cada quince
o veinte años suele haber terremotos en el área
centroamericana, pero la tragedia que originan
no parece enseñar mucho, ni servir eficazmente
para evitar en lo posible o minimizar la siguiente.
Desde el terremoto de 1986 no se ha buscado solución
a la situación general de pobreza, ni se ha avanzado
eficazmente en prevenir y paliar las consecuencias
de catástrofes inevitables. En los quince años
entre los dos últimos terremotos el país ha invertido
mucho para mejorar el armamento de la fuerza armada
y la tecnología de la banca. Pero para desescombrar
seguimos prácticamente con pico y pala, sobre
todo en cantones y aldeas perdidas.
La tragedia ha sido grande para los pobres. Hoy
se habla de ella, pero pronto desaparecerá de
la escena y será desplazada por otros intereses,
los de siempre. Ya se empieza a hablar de si con
el terremoto se activará la economía o no, como
cuando se piensa en el reparto de los despojos
con el difunto todavía presente. Los dueños del
país buscan paliar los daños, pero no se preocupan
mucho de garantizar el futuro de la vida de los
pobres, sus viviendas, sus pertenencias. Y que
las cosas sean así parece natural.
Por eso, con el terremoto sigue resonando la palabra
de Yahvé en el inicio de la historia: "¿qué
has hecho de tu hermano?".
3. La santidad de vivir. Es más fácil escribir
sobre la tragedia y la maldad que sobre la vida
y la bondad. Pero, aunque muy brevemente, digamos
que en medio de la tragedia la vida sigue pujando,
atrayendo y moviendo con fuerza. El desfile de
gentes, caminando o en vehículos muchas veces
destartalados, con bultos en la cabeza y niños
agarrados de las manos, es la expresión más fundamental
de vida y del anhelo de vivir -con gran dramatismo
lo hemos visto en los Grandes Lagos-. Esa vida
surge de lo mejor que somos y tenemos. Gente pobre,
a veces muy pobre y con muy pocos conocimientos,
pone todo lo que son y tienen al servicio de la
vida, y lo hacen porque con frecuencia no les
queda mucho más.
Aquí, en el tercer mundo, por experiencia secular,
los pobres desconfían de gobiernos, autoridades
y funcionarios, aunque siempre hay personas buenas
y responsables. Los pobres saben que tienen derechos
humanos. En ocasiones de catástrofes saben que
tienen derecho a ser asistidos y ayudados. Si
llega esa ayuda, es bien recibida, por supuesto,
y cuando no llega, y pueden hacerlo, protestan
porque no les ha llegado. Pero no esperan mucho,
y por ello su reacción fundamental es otra: ponen
a producir sus fuerzas y su ingenio al servicio
de la vida. En medio de la tragedia se impone
la fuerza de la vida y, a pesar de todo, se hace
presente el encanto de lo humano.
Y junto al impulso del propio vivir, surge también
la fuerza de la solidaridad. Como ha ocurrido
en los últimos años, ha llegado ya, y seguirá
llegando, ayuda de muchas partes, y también han
llegado expertos en rescate, médicos, ingenieros...
Prestan un gran servicio, dan ánimo y hay que
agradecérselo muy sinceramente. Pero nos referimos
ahora a la solidaridad más primaria, y para ello
volvamos a lo ocurrido en la Cordillera del Bálsamo.
Para desenterrar cadáveres no había a mano muchas
excavadoras mecánicas y, además, hubiese sido
peligroso usarlas, pues, al desescombrar, podían
pedacear cadáveres. Entonces, largas hileras de
hombres, pasándose baldes de tierra uno al otro,
se pusieron a remover miles de metros cúbicos
de tierra y llevarlos a otro lugar. Llevan así
días y el cansancio es agotador. Pero siguen buscando
cadáveres, y esperando el milagro de algún cuerpo
que todavía esté con vida. Junto a ellos están
socorristas beneméritos, llegados de otros países.
Es la fuerza primigenia de la solidaridad: buscar
a otros seres humanos, para hallarlos vivos o
para enterrarlos -con dignidad- cuando están muertos.
Y en esa solidaridad primigenia siempre e indefectiblemente
está la mujer con la más primaria de las solidaridades:
cuidando de los niños entre escombros, haciendo
y repartiendo lo que haya de comida en los campamentos
de damnificados, animando siempre, sobre todo,
con su presencia, sin claudicar, sin cansarse,
como referente último de vida que no falla...
Me gusta pensar que en esa decisión primaria de
vivir y dar vida aparece una como santidad primordial,
que no se pregunta todavía si es virtud u obligación,
si es libertad o necesidad, si es gracia o mérito.
No es la santidad reconocida en las canonizaciones,
pero bien la aprecia un corazón limpio. No es
la santidad de las virtudes heroicas, sino la
de una vida realmente heroica. No sabemos si estos
pobres que claman por vivir son santos intercesores
o no, pero mueven el corazón. Pueden ser santos
pecadores, si se quiere, pero cumplen insignemente
con la vocación primordial de la creación: son
obedientes a la llamada de Dios a vivir y dar
vida a otros, aun en medio de la catástrofe.
Es la santidad del sufrimiento, que tiene una
lógica distinta, pero más primaria, que la santidad
de la virtud. Puede sonar exagerado, pero ante
estos pobres, quizás podamos repetir lo que dijo
el centurión ante Jesús crucificado: "verdaderamente
éstos son hijos e hijas de Dios".
4. La compasión que nos salva. En el aís, y sobre
todo fuera de él, muchos se preguntan qué hacer.
Unos quieren saber cómo enviar la ayuda para que
ésta llegue a sus destinatarios y no a bolsillos
de corruptos, para que no se repitan experiencias
del pasado, cuando gobernantes y militares se
han embolsado la generosidad de mucha gente de
buena voluntad. Otros preguntan, quizás con escepticismo
justificado por experiencias pasadas, si y para
qué sirve la ayuda. Otros, en fin, preguntan qué
ayuda es la más eficaz y la más necesaria. No
vamos a contestar, en concreto, a estas preguntas.
Queremos, ofrecer más bien, algunas reflexiones
sobre la actitud fundamental -tal como la vemos
desde aquí- que lleva a ayudar con creatividad
y generosidad, con firmeza y fidelidad.
En primer lugar, es necesario dejarse afectar
por la tragedia, no rehuirla ni suavizarla. No
se trata de fomentar el masoquismo ni de exigir
imposibilidades psicológicas. Se trata de un primer
momento de honradez con lo real.
Rehuir, sutil o burdamente, la tragedia es una
forma de salir de la realidad de nuestro mundo.
Pero hay que estar claros en que sin quedarse
y afincarse en la realidad a nadie se puede ayudar,
ni a los necesitados de fuera, ni a uno mismo
por dentro. Dejarse afectar, sentir dolor ante
vidas truncadas o amenazadas, sentir indignación
ante la injusticia que está detrás de la tragedia,
sentir también vergüenza de que hemos arruinado
a esta planeta y que no lo arreglamos, todo ello
es importante para saber ayudar en la tragedia.
Y lo que es más importante, todo ello puede llevar
a sentir compasión y ponerla en práctica, que
es lo que nos salva.
En segundo lugar, este dejarse afectar por la
tragedia es también salvífico, porque nos instala
en la verdad y nos hace superar la irrealidad
en que vivimos. Por ello, bien harán instituciones
como Iglesias y universidades en analizar y proclamar
la verdad de estas tragedias -y ojalá lo hagan
también gobiernos, multinacionales, fuerzas armadas
y banca mundial, aunque aquí las esperanzas decaen
o se desvanecen según los casos-.
En este contexto, es especialmente importante
que los medios de comunicación hagan "la opción
preferencial por la verdad", comenzando por lo
más exterior de ella, aunque muy importante, ofreciendo
datos fidedignos de la realidad, y avanzando a
lo más profundo, sus causas. El panorama que ofrecen
los medios es muchas veces desolador. Es noticia
-escandalosa, por cierto- los millones que gana
un futbolista, pero hay que ser consciente de
que este hecho no pertenece a la realidad más
real, sino a la anécdota factual, escandalosa
y adormeciente en un mundo que se muere de hambre.
La "noticia" se convierte en "realidad" cuando
se comparan las cifras de lo que cuestan y ganan
deportistas, cantantes, estrellas de cine, con
lo que tiene para sobrevivir un ser humano en
África o en Bangladesh o en la paupérrima comunidad
de Guadalupe destruida por el terremoto.
Y entonces se aprende mucho sobre lo que es agravio
comparativo, injusticia, inhumanidad. Hacer esta
comparación es algo que desafía la imaginación
y produce vértigo. Pero, sobre todo, se convierte
en interpelación inacallable: "¿es humano
un mundo así?".
La tragedia tiene, pues, un inmenso potencial
educativo. Si analizamos y no encubrimos su verdad,
nos introduce en la verdad de nuestro mundo y
en nuestra propia verdad. No es fácil. Incluso
en días de terremoto, en El Salvador hablamos
mucho más de lo que ocurre en ciudades que en
escondidos cantones y aldeas. Pero es necesario.
Como decía Ellacuría, si el primer mundo quiere
saber lo que es, que mire al tercer mundo. Y también
nosotros podemos decir aquí: si queremos conocer
la verdad de la capital miremos a aldeas y cantones.
En tercer lugar, este dejarse afectar por la tragedia
puede generar solidaridad. Suele ocurrir a veces
que una desgracia familiar ayuda a unir a una
familia -féliz culpa!, se decía antes-, y puede
ser incluso lo único que la llegue a unir. O dicho
de otra forma, si ni siquiera el sufrimiento la
une, no hay solución. Y es que en los seres humanos
siempre hay reservas y reductos de bondad, dormidos
muchas veces, pero que pueden ser activados por
el sufrimiento de los otros. No somos siempre
y del todo egoístas. Un terremoto en El Salvador,
una hambruna en Calcuta, la epidemia del sida
en África, bien pueden ayudar a generar conciencia
de familia humana.
En los pueblos sufrientes, crucificados, algo
hay que atrae y convoca, que nos puede llegar
a sacar de nosotros mismos, y ahí está el origen
de la solidaridad. Entonces, junto al sentimiento
ético de obligación o junto a la superación del
sentimiento de culpa, aparece lo más hondo y decisivo:
el sentimiento de cercanía entre los seres humanos.
Las solidaridades concretas vienen después, y
buena falta hacen: ropa, comida, tiendas de campaña,
medicinas, dinero, ayudas técnicas de todo tipo,
perdón de deudas... Pero todo esto, su calidad,
su firmeza, el "para siempre" de la solidaridad,
surge de ver algo bueno y humanizante en ser cercanos
a las víctimas de este mundo. Y entonces quizás
acaece el milagro de lo humano: el llevarnos mutuamente,
el dar y recibir lo mejor que tenemos. Y el milagro
mayor de querernos unos a otros como miembros
de una sola familia. Los cristianos lo decimos
con la mayor radicalidad: querernos como hijos
e hijas de Dios. Ocurre, entonces, el milagro
de la mesa compartida, el gozo de ser familia
humana.
5. Dios y la esperanza. En El Salvador proliferan
diversos tipos de religiosidad, pero en su conjunto
es un país religioso, y más en estos días de catástrofe.
Unos, los fanáticos, dicen que el terremoto ha
sido un castigo de Dios -también en el terremoto
de Guatemala, en 1976, el arzobispo de entonces
dijo que la causa eran los pecados de los sacerdotes-.
Otros, la mayoría, se dirigen a Dios con agradecimiento:
"gracias a Dios estamos vivos", con esperanza:
"primero Dios saldremos adelante". Y con sumisión
para encontrar algún sentido en la catástrofe:
"que se haga la voluntad de Dios". Son frases
cercanas a otras típicamente salvadoreñas: "primero
Dios", es decir, "sólo Dios puede ayudar, de los
hombres no podemos esperar mucho". O esta otra,
menos religiosa, pero que apunta también a cómo
comprenden los pobres el sentido de la vida: "a
saber". Es decir, en la realidad no hay mucha
lógica que haga el futuro predecible, ciertamente
no una lógica que esté en su favor.
No se oye mucho la pregunta que lleva a la teodicea
clásica: "o Dios no puede o no quiere evitar las
catástrofes. En cualquier caso no queda bien parado".
La pregunta, sin embargo, sigue resonando: "¿dónde
está Dios?". También la hizo Jesús, y Pablo tuvo
la audacia de responder: "en la cruz". Estos días
alguien ha respondido. "Dios está en El Cafetalón",
refugio de damnificados sin nada.
A la pregunta de dónde está Dios en el sufrimiento
no hay respuesta lógica ni convincente. Sin entrar
ahora en ello, digamos que también Dios está crucificado.
En Europa lo han dicho muy bien Bonhoeffer y Moltmann.
Entre nosotros algo, breve pero profundo, dijo
Ellacuría. En definitiva, la respuesta a la pregunta
por Dios sólo se decide en la vida: si del misterio
último, también en tiempo de catástrofe, surge
una esperanza. Es decir, si la esperanza no muere.
Para ilustrarlo terminemos con la siguiente anécdota.
Con el terremoto han quedado destruidas varias
iglesias, entre ellas la iglesia de El Carmen,
en Santa Tecla, donde resido. Con dolor le decía
la gente al párroco: "Padre, nos hemos quedado
sin iglesia". Y el párroco, Salvador Carranza,
les contestó: "Nos hemos quedado sin templo, pero
no sin Iglesia. La Iglesia somos nosotros y de
nosotros depende mantenerla con vida".
Hace años en tiempo del terremoto histórico de
la represión y la guerra, decía Monseñor Romero:
"El día en que las fuerzas del mal nos dejaran
sin esta maravilla (la radio), sepamos que nada
malo nos han hecho. Al contrario, seremos entonces
más ‘vivientes micrófonos’ del Señor
y pronunciaremos por todas partes sus palabras".
Estas palabras son retóricas, pero son lúcidas
y verdaderas. Sirven para animar a la Iglesia
en una situación difícil, pero sirven también
para animar a un pueblo en circunstancias como
la actual. Las palabras apuntan, desacostumbradamente,
a lo fundamental. La mayor tragedia es la destrucción
de lo humano de un pueblo. La mayor solidaridad
es ayudar a reconstruirlo. La mayor esperanza
es seguir caminando, practicando justicia y amando
con ternura.
¿Ha muerto esto en El Salvador? Creemos
que no, pero hay que hacerlo crecer. En este sentido,
ojalá la solidaridad ayude a reconstruir casas,
pero sobre todo personas, al pueblo; ayude a reparar
caminos, pero sobre todo modos de caminar en la
vida; ayude a construir templos, pero sobre todo
pueblo de Dios. Ojalá la solidaridad dé esperanza
a este pueblo. Con ella ya encontrará la gente
modos de valerse por sí misma. Y esa gente devolverá
con creces, en forma de luz y ánimo, lo que recibió.
Jon Sobrino, El Salvador, 16 de enero 2001.
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