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Educar para el conocimiento: más
allá de la información y la competencia
técnica
Jóvenes
y nuevas tecnologías en la globalidad
Rafael Puyol*
La década de los noventa ha transformado
el tejido económico y social de la mayor
parte del mundo. La aceleración de los movimientos
de bienes, servicios y capitales ha limitado el
sistema de barreras que aseguraban el ejercicio
del poder de los Estados-nación. Este proceso
se produce en paralelo con otra transformación:
la revolución informacional. El término
"informacional" pretende subrayar el atributo
de una forma específica de organización
social, tecnológicamente avanzada, en la
que la generación, procesamiento y transmisión
de la información se han convertido en las
fuentes principales de productividad y poder. El
nuevo paradigma tecnológico de la Sociedad
Informacional encuentra su núcleo en la intersección
de la microelectrónica, las computadoras
y las telecomunicaciones y afecta a todos los procesos
y productos y modifica de día en día
la naturaleza del trabajo humano.
Mientras se suprimen puestos de trabajo duros, alienantes
o repetitivos; se amplían las plantillas
de "brain workers", de investigadores,
de técnicos del funcionamiento sistémico,
de emprendedores y de trabajadores adscritos a nuevos
servicios a la colectividad. A todos ellos se les
recluta en función de su calidad, creatividad
y versatilidad.
Llamamos globalización a la coincidencia
de la inmediatez que ha hecho posible la tecnología
y de la mundialización que ha impuesto el
mercado. La primera abole el tiempo; la segunda,
el espacio. El resultado es que la mayor parte de
los problemas principales se harán internacionales
e interdependientes. La toma de conciencia de la
pertenencia a una aldea planetaria se acelera por
la ruptura del lazo entre coste y distancia en las
comunicaciones, que está en la base de los
incrementos del potencial productivo.
El proceso de globalización fue desencadenado
y profundizado por tres factores vinculados entre
sí: la liberalización de los movimientos
de capitales a comienzos de los 70, el movimiento
de las privatizaciones y la desregulación.
Esa convergencia constituye una singularidad, es
decir, el comienzo de un periodo de discontinuidad
histórica caracterizado por una economía
interconectada y por unas tecnologías capaces
de multiplicar y difundir el conocimiento, lo que
origina un círculo virtuoso que desemboca
en el incremento continuo de los niveles de productividad
y eficacia.
El nuevo escenario de la globalización tiene
implicaciones sociales y culturales que convienen
tener en cuenta a la hora de hacer planes y elaborar
políticas. Bill Gates ha bautizado a la actual
generación de estudiantes como Generación
I. La I de Internet, pero también de información,
venga ésta a través del computador,
la televisión o cualquier otro medio digital.
Esa "I" dividirá al mundo del próximo
siglo. Los que tengan acceso a la información
y, sobre todo, sepan utilizarla, tendrán
hecha parte del camino, porque la sociedad de la
información hará que el aprendizaje
sea un proceso para toda la vida. En Estados Unidos
ya se empieza a especular con la idea de establecer
fecha de caducidad en los títulos universitarios,
que deberían ser revalidados al cabo de unos
años pasando otra vez por la universidad.
Los ciudadanos entrarían y saldrían
del sistema educativo varias veces a lo largo de
su vida profesional. Por lo tanto, uno de los cambios
a corto plazo sería la inevitable flexibilización
de los sistemas educativos para adaptarse a esas
salidas y a esas entradas.
Porque la clave de todo lo que está ocurriendo
de pronto a nuestro alrededor es la propagación
de la información. Una edición diaria
del "New York Times" contiene más
información de la que tendría un ciudadano
promedio del siglo XVII durante toda su vida. En
los últimos cinco años se ha generado
más información que en los 5.000 anteriores,
y esta información se duplica cada cinco
años, según estimaciones ampliamente
difundidas, si bien no necesariamente exactas. Pero
cuanto mayor es el volumen de los datos, más
necesitados estamos de convertirlos en conocimiento,
que es la información sistematizada, jerarquizada
y metabolizada para que pueda rendir utilidad. La
información es la materia prima; el conocimiento
es el producto.
Por eso urge construir otro modo de educar. Ya no
se trata de enseñar lo que en poco tiempo
será información obsoleta, sino en
enseñar a aprender. Los procesos en los que
estamos inmersos y la rapidez con que cambian los
escenarios requieren personalidades adaptativas,
versátiles, y no sólo competencia
técnica para situaciones que tal vez ya no
se vuelvan a dar. Estamos aún lejos de convertir
la información en conocimiento y mucho menos
en sabiduría basada en valores éticos.
La mejor respuesta que cabe esperar de los sistemas
educativos ante el reto de la globalización
consiste en insistir en aquellos valores que forman
el capital de ciudadanía necesario para densenvolverse
en un mundo cada vez más interdependiente.
Los Estados son comunidades de valores y, por lo
tanto, deben garantizar una educación ética
de mínimos, lo que supone el cultivo de la
autonomía, la tolerancia, el respeto y el
diálogo, así como la promoción
del sentido de la responsabilidad y de la solidaridad.
Valores éstos que deben ser completados con
otros mucho más específicos de nuestro
tiempo y que resultan imprescindibles para acomodarse
a la sociedad informacional, me refiero a la habilidad
para trabajar en grupo, el sentido de la responsabilidad
y disciplina personal, la capacidad de tomar decisiones
y asumir riesgos, el sentido de iniciativa, creatividad
y curiosidad, profesionalidad, competitividad y
deseo de perfección y el sentido cívico
de servicio a la comunidad.
Tendremos que aprender a convivir con la certeza
de que la globalización no sólo es
irreversible, sino que es un proceso que encierra
evidentes potencialidades para favorecer la vida
en sociedad, pero no asegura un mundo más
unido políticamente, ni más equitativo,
ni más solidario, ni más rico culturalmente.
La globalización presenta ante la opinión
mundial una doble cara: es capaz de suscitar grandes
esperanzas, sin duda; pero también provoca
serias inquietudes.
Porque la globalización se convierte a veces
en ideología cuya consigna es competitividad,
competitividad, competitividad, como única
solución para sobrevivir en el ámbito
mundial. Pero esa máxima puede conducir a
un mundo dual de alto riesgo. Por un lado las tres
grandes áreas de influencia: América
del Norte, la Unión Europea, y la región
de Asia/Pacífico centrada en torno a Japón.
Por otro, el resto del mundo, cada vez más
desvinculado de la globalización. Por lo
tanto, es un proceso que necesita rigurosos controles
y severas reservas.
*Rector de la Universidad Complutense de Madrid
Fuente: Centro de Estudios Solidarios
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