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CUANDO LOS DEBATES COMIENZAN MAL
Carles Campuzano*
Con
la aprobación el pasado 7 de julio del
Proyecto de Ley de reforma de la ley de inmigración,
el Gobierno Aznar daba luz a una modificación
ya anunciada el pasado 22 de diciembre, justo
en la sesión, la última sesión
de aquella legislatura, en la que se aprobaba
definitivamente el texto legal que venia a sustituir
la hasta el momento vigente ley de extranjería
del año 1985. Un anuncio confirmado durante
la reciente campaña electoral y que los
resultados del pasado 12 de marzo hacían
prácticamente inevitable.
Una
propuesta de reforma hecha muy desde la prisa
y de aquí la ausencia de consulta con el
Consejo de Estado y el Consejo General del Poder
Judicial tal y como la trascendencia de la materia
que aborda la nueva ley aconsejaba que, obviamente,
no consiste en la mejor manera de abordar la gestión
del fenómeno de la inmigración.
En
la génesis de esta reforma, o quizás
mejor de esta contrarreforma, podemos encontrar,
fundamentalmente, más explicaciones de
carácter partidista, que razones de fondo.
Y hago esta afirmación desde el convencimiento
que con un buen desarrollo reglamentario de la
ley y con una práctica, por parte de la
Administración, rigurosa, aquellos aspectos
que podían preocupar a un Gobierno, desde
la lógica del cumplimiento de los diversos
compromisos internacionales asumidos por España,
de la gestión del flujo migratorio, de
las posibilidades de actuar ante el incumplimiento
de la ley por parte de personas inmigrantes, o
cualquier otro argumento de los que hoy se están
aduciendo por parte de los portavoces gubernamentales,
podían haber encontrado aplicaciones muy
sensatas y prudentes.
El
Gobierno ha decidido forzar el cambio de la ley
y además ha creado un estado, entre la
opinión pública, favorable al mismo.
Ha utilizado dos argumentos. De una parte, ha
dicho que la ley ha provocado un aumento de las
entradas irregulares de inmigrantes, manteniendo
esta afirmación en la comparación
con las cifras de pateras interceptadas o inmigrantes
retornados a su país de origen en estos
meses del año, con las cifras del conjunto
del año 1999, obviando el hecho de que
si la comparación la hiciésemos
con los años 1991 y 1996, nos daríamos
cuenta que es precisamente la existencia de un
proceso de regularización extraordinario,
como el que ahora se está produciendo,
el que siempre provoca un aumento de las entradas
irregulares. No hay más "presión
migratoria" el año 2000, que en los
años 1991 o 1996. Y es que un debate serio
sobre la gestión del flujo migratorio nos
debería llevar, también, a discutir
como afrontamos la realidad de la inmigración
irregular, cuales son sus orígenes, como
tratamos a las personas que se encuentran en esta
situación y cuales han sido las responsabilidades
de las políticas desarrolladas hasta ahora
y que han provocado la actual situación.
Unas políticas que han comportado, entre
otras cuestiones, que en junio del año
pasado hubiera en España alrededor de 100.000
inmigrantes en situación irregular, con
todo lo que implica para la dignidad de estas
personas, y con todas las consecuencias de carácter
social que se derivan. La falta de política
de gestión del flujo migratorio, que ha
caracterizado la actuación de los Gobiernos
en los últimos años y las carencias
del marco legal del año 1985 nos dan pistas
para entender este fenómeno. Pero hay más
cuestiones a valorar. Y es que seria bueno que
asumiésemos que, inclusive al margen del
proceso de regularización extraordinario
en marcha, no hay otro efecto "llamada"
que el paro, la pobreza, la miseria, la falta
de libertad y respeto por los derechos humanos
en los países de origen de la inmigración.
No aceptar esta evidencia y, además, no
llevar a cabo las políticas de desarrollo
y cooperación que se derivan es una grave
irresponsabilidad que nos afecta a todos.
Por
otra parte, y como segundo argumento, el Gobierno
ha afirmado que la nueva ley iba contra los acuerdos
de Tampere. La reciente decisión del Gobierno
de no pedir un dictamen al Consejo de Estado,
que es preceptivo siempre que se legisle sobre
la base de acuerdos internacionales o intergubernamentales,
invalida este argumento, en la medida que queda
claro que el proyecto de ley no se promueve en
el desarrollo de ningún acuerdo de estas
características. Por otra parte, los acuerdos
de Tampere son, en todo caso, unas conclusiones
de una cumbre de Jefes de Estado de la Unión
Europea, que deberán orientar la acción
de la propia Unión y de sus miembros, y
como tales conclusiones son suficientemente genéricas
y por tanto interpretables. Otra cuestión,
bastante más relevante, es la que se deriva
del proceso de comunitarización de la política
de inmigración que implica el Tratado de
Ámsterdam
argumentos
falaces, por tanto, que solo nos hacen entender
la utilización partidista que el Partido
Popular ha hecho hasta ahora de la cuestión
migratoria.
Pero la reforma es inevitable y a mi entender
seria necesario que fuesen capaces de aprovechar
el proceso que se abre para marcarnos cuatro grandes
objetivos en los próximos meses:
1-
Alcanzar un gran Pacto de Estado para la integración
social de la inmigración y la convivencia
ciudadana, que sitúe el debate en el ámbito
de la inmigración fuera del ámbito
partidista y de su utilización con finalidades
electorales.
2-
Promover una verdadera política global
de inmigración, fundamentada en la gestión
inteligente de los flujos migratorios, la puesta
en marcha de potentes políticas públicas
orientadas a la integración social y a
combatir la exclusión y la generación
de recursos e iniciativas orientados al desarrollo
social, económico y democrático
de los países de origen de la inmigración
3-
Esforzarnos en el trámite parlamentario
de este otoño en recuperar el consenso
en la definición del nuevo marco legal.
El PP ha de entender que su mayoría absoluta
no es suficiente para aprobar la nueva ley y los
grupos de la oposición no han de caer en
la tentación de convertir la cuestión
migratoria en ámbito preferente de su legitimación
de la acción de erosión del Gobierno
4-
Preparar, de manera clara, al conjunto de nuestra
sociedad para los cambios que la inmigración
de origen no comunitario provoca y provocará
en nuestro modelo social y cultural.
Creo
que nos esperan unos meses complicados (la discusión
parlamentaria de la ley, la finalización
del proceso extraordinario de regularización,
las previsiones para el contingente del año
2001,...) en los que nos convendría a todos
recuperar un mínimo sentido común
y comenzar, de verdad un proceso social y político
que nos conduzca a asentar las bases de verdad
del cambio de chip que el conjunto de la ciudadanía
y de los poderes públicos nos conviene
afrontar en el ámbito de la inmigración.
es evidente que no hemos comenzado bien, pero
no es menos cierto que tenemos margen para corregirnos.
*Carles Campuzano es diputado por CIU en el Congreso
de los Diputados.
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